AMOR EN LA GRAN VÍA

La prisa con la que vamos por la vida, junto a la eterna rutina, nos lleva siempre mirando al frente para no perder el objetivo… como mucho, miramos hacia atrás para protegernos la espalda, pero cuando uno se acostumbra a mirar en todas direcciones, el nivel de detalles con el que nos sorprende el entorno puede ser infinito!

Y les prometo que sé de qué hablo, porque justo así, mirando hacia arriba, fue que descubrí la historia de amor que hoy les comparto.

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El nombre de nuestra protagonista era Diana, aunque otros la llamaban Artemisa.  Hija de Zeus, hermana melliza de Apolo, diosa de la caza, la luna y la virginidad, excepcionalmente hermosa, siempre acompañada de un séquito de fieles perros y con un arco con carga infinita de flechas brillantes, como único accesorio, arma y herramienta.

Cuenta la leyenda que una calurosa noche de verano, mientras vigilaba desde las alturas, la diosa reparó en un guapo pastor que dormía plácidamente cerca de su rebaño, en algún paraje iluminado y solitario de la sierra madrileña, lo que motivó su descenso a esta tierra de supuestos insulsos.

Una oveja insomne, que rondaba al caballero y presenció la llegada de la diosa, le contó en susurro que el buen hombre llegado de Anatolia, había sido bautizado como Endimión y aunque el ovino cotilla, para ganarse el favor de la deidad, quiso ampliar la información, a ella poco le importó lo que pudieran contarle pues ya se había enamorado para toda la eternidad y sólo quería disfrutar en silencio de la sensación.

La confusión que se revolvió en su interior, no frenó el arrebato que la impulsaba a juntar sus labios con los del pastor, por eso se acercó cada vez más y, después de deleitarse en primera fila con las facciones del apuesto varón, le besó y en el acto entendió por qué los humanos le daban tanto valor a aquel roce.

En cuanto a Endimión, sorprendido por el contacto, abrió los ojos para encontrarse de frente con la belleza sublime de la diosa que, asustada y avergonzada desapareció de inmediato, dejándole con la creencia de haberla imaginado y con el balar de una sola oveja como singular banda sonora del maravilloso sueño.

Aquello se repitió a lo largo de innumerables noches: él dejó de dormir para descansar y sólo lo hacía para poder encontrarla y en cuanto a ella, acudía a la cita, le besaba y huía en el instante en que Endimión despertaba y aunque la situación era frustrante, esos besos fugaces alimentaron un amor que crecía sin límites. 

Una noche, después de seguirla para saciar la curiosidad que le causaban sus escapadas, el temible Zeus descubrió escandalizado el enamoramiento entre su hija y el pastor y como no podía ser de otra forma, decidió poner fin a aquel amor prohibido, antes que el mortal acabará con la castidad de la más pura de sus descendientes… y con un sonido que sólo los seres mitológicos podían escuchar, el Dios del Olimpo emplazó al Ave Fénix a cumplir la orden de secuestrar a Endimión y así separarlo para siempre de Diana.

Muy de cerca de allí, presenciando la escena oculta detrás de una brillante estrella, Leto, la diosa de la noche, la señora de la casa y la cómplice silente del irrefrenable amor, decidió advertir a su hija del mandato paternal y esta, aterrada ante la posibilidad de no volver a besar aquellos labios y desafiando a su padre, emprendió al instante el camino para derrotar al mágico pájaro de plumas rojas y rescatar a su amado. 

Así, en un alarde de poder legendario y sin precedentes, Diana la Cazadora y el Ave Fénix, con Endimión desmayado sobre su lomo, surcaron con velocidad vertiginosa el cielo nocturno, luchando y dejando un rastro de fuego y flechas, que Muggles, Nomaj y mortales en general, interpretaron como un nuevo espectáculo contratado por el ayuntamiento, para el placer de habitantes y visitantes, acostumbrados a las exóticas programaciones de los “Veranos de la villa” de la capital española.

A primera vista, el combate parecía equilibrado, pero Zeus había olvidado que su fiel soldado necesitaba regenerarse cada 500 años, para luego surgir de sus cenizas y apenas faltaban 3 horas para que el proceso comenzara, por eso Fénix jugaba con desventaja, sintiéndose débil, confundido y necesitando detenerse cada tanto para recuperar el aliento y asegurar al secuestrado.

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Por esta razón y, convencido de haberle dado esquinazo a la hija del jefe, el ave se posó con cautela delante de la pequeña cúpula del N° 32 de la Gran Vía madrileña, pero el enjambre de exaltados consumidores portando grandes bolsas de papel marrón, que se mezclaban y tropezaban, junto al sonido ensordecedor de las bocinas, los carteles luminosos de tiendas, hoteles y musicales y los etéreos claveles que parecían alfombrar la avenida, colmaron su atención, distrayéndolo de lo importante… una Diana furibunda y camuflada entre quienes paladeaban cervezas y “vermús” en la terraza del Hyatt, apuntando directo a su corazón, lista para matarle y así liberar a su amado!

Aprovechando el instante y con la fuerza sobrenatural que sólo una diosa guerrera podía darle, la flecha salió disparada del arco y comenzó a sobrevolar la avenida, pero para sorpresa de la enamorada, esta no logró alcanzar la cúpula donde el Fénix había aterrizado con Endimión; por el contrario, cayó en picado aterrizando y derritiéndose en la acera aún caliente por el sol del verano, gracias a los restos de magia que aún brotaban del plumaje del animal.

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Diana desesperada, creyendo que no le quedaban más oportunidades, volvió a cargar su arco y disparó con más fuerza, pero el resultado fue el mismo… 

En ese momento, enternecido por el amor que su hija profesaba al pastor, admirado por el esfuerzo agónico de su amigo alado y ansioso por quitarse de encima la mirada reprobatoria de su mujer, Zeus, que supervisaba la contienda desde el cielo, detuvo el universo con un leve movimiento de su mano derecha, dejando paralizados en el aire cada flecha, cada pluma, cada sonido y cada movimiento. 

A continuación y con Leto a su vera, el dios descendió a un tejado cercano para despedir con una imperceptible reverencia a su fiel Fénix, autorizándole de esta manera a que emprendiera su viaje a la destrucción y al posterior renacimiento. 

Luego se giró hacia Diana a quien, después de leerle el pensamiento, le concedió el deseo de sumir a Endimión en un profundo y eterno sueño y, a este último, lo transportó a la cueva sagrada del Monte Latmo, para que cada noche y por el resto de la eternidad, los amantes pudieran encontrarse y disfrutar al fin de su amor.

Desde entonces (desde que adoptó un mortal por yerno y desde que comenzó a hacerle más caso a la esposa), Zeus comprendió que no hay tanta diferencia entre ellos y nosotros y por eso allá arriba, en los techos de la Gran Vía, nos dejó de regalo para la posteridad, un homenaje en bronce al inmenso poder del amor…  y en la acera bulliciosa, la marca de dos flechas esquivadas por el Fénix, que nos recuerda la magia que alberga nuestro interior: capacidad de superación, de creación y de transformación!

  

98a1712b-40c7-44cd-8843-561e5747b18f_source-aspect-ratio_default_0NOTA: La escultura de la Diana Cazadora, acompañada por sus 5 perros y ubicada en el Nº 31 de la Gran Vía, fue diseñada por la arquitecta y escultora jienense, Natividad Sánchez, quien se inspiró en el rostro de su propia hija para llevar a cabo tan hermoso e importante proyecto.

Se encuentra en la azotea del Hotel Hyatt desde el año 2016 y puede ser admirada de cerca, si se visita la terraza «El Jardín de Diana» (muy recomendable!).

Mide 5 metros de alto y es la única escultura de las ubicadas en los tejados de la famosa vía madrileña, realizada por una mujer, en este caso, a solicitud de una familia de empresarios mexicanos, dueños del hotel y similar a la fuente de la diosa Cazadora, ubicada en México D.F.

En cuanto a la escultura del Nº 32, colocada en el año 1956 en el antiguo edificio Madrid-París, en la actualidad el muy conocido y visitado Primark de Gran Vía, es un Ave Fénix acompañado de Ganímedes o Endimión y realizado por el escultor Mariano Benlliure, el mismo que hizo la escultura de Alfonso XII que vigila el estanque del Parque el Retiro.

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