¡AGUA VA!

Ser Guía turística me sumerge en un mundo novedoso (contradictorio, si tomamos en cuenta que el tour se desarrolla entre los siglos IX y XIX), que a diario me regala experiencias inesperadas, gente hermosa y muchísimo aprendizaje.

Y no me refiero sólo a fechas, lugares y anécdotas, sino a la forma en la que cada una de esas historias me permite comprender lo que me rodea… y tampoco me refiero a Madrid y sus habitantes, sino al mundo en general y al ser humano en particular.

Uno de los cuentos que echamos y que más gracia le causa al turista foráneo, se llama “¡AGUA VA!”, expresión usada en la España de antaño, para avisar a transeúntes despistados de la inminente lluvia fétida que le podía bañar.

Me explico:

En 1759 comenzó a reinar en España Carlos III, mejor conocido como “El rey alcalde” o “El mejor alcalde de Madrid“.  Este señor que fue primero Rey de Nápoles y de Sicilia, tuvo que abdicar en aquellas tierras para venir a dirigir los destinos de la Madre Patria después de la muerte de su hermano, sin imaginar que su llegada a la capital iba a implicar una gran revolución en su vida, en la de su equipo y en la de sus nuevos gobernados.

b0162da0ba99fc27e8a77d032095c741.jpg

El Carlo se vino de Italia acompañado de su tren ministerial extranjero, pensando que el cambio de “sucursal” no le iba a suponer mayor diferencia, pero cuál fue su sorpresa (y seguro que mucha vergüenza) cuando entró a su ciudad natal y se encontró una capital del Reino anticuada, sucia, maloliente y con cerdos campando a sus anchas, entre el resto de transeúntes… también es probable que el nuevo rey no hubiese salido aún de su impacto, ni imaginase que aún faltaba lo más escatológico, cuando escuchó el primer “AGUA VA!” (así, “gritao”), una costumbre que consistía en hacer las necesidades fisiológicas en un tobo, cubo o barreño y lanzarlo por la ventana, acompañado de la consabida y “alertante” frase.

Fue este, entre otros hábitos madrileños, lo que hicieron que el monarca tomara medidas inmediatas, que con el tiempo convertirían la ciudad del Oso y el Madroño en una de las capitales más importantes del mundo: normativa sanitaria, sistema de alcantarillado, sistema de recogida de basura, sistema de alumbrado público, sistema de correos, la lotería nacional, el primer banco privado, fuente de Cibeles, fuente de Neptuno, la Puerta de Alcalá y el edificio del Museo del Prado, entre otros, incluyendo la prohibición de que los animalitos a los que les gusta revolcarse en sus propios excrementos, estuviesen sueltos… pero los resultados de estas medidas sólo se apreciaron mucho tiempo después.

En aquel presente los madrileños se resistieron tanto a las normas y cambios impuestos por el monarca, que Carlos III llegó a concluir, en voz alta, “mis súbditos son como niños chicos… ¡lloran cuando se les lava!”.

Cuando comencé a estudiar el guion del tour para empezar a trabajar, este tema me llamó tanto la atención, que me dediqué a investigar por mi cuenta para poder entender mejor esta circunstancia, y a cada nuevo dato descubierto, comprobaba lo idéntico que eran aquellas reacciones, a las que seguimos teniendo en la actualidad, a pesar de tanta bibliografía, tecnología e inodoros.

No hay nada más “democrático” (por la participación de todos, independientemente de su condición social, religiosa, política o de género y por el derecho inalienable de aferrarnos a lo conocido) que la RESISTENCIA AL CAMBIO; puede que a alguno se le haga menos complicado que a otros, pero la realidad es que no hay nada que genere más estrés y confusión y que sea tan común en el ser humano, que sufrir cuando tenemos que salir de nuestra “Zona de confort”… aunque esta sea sumamente incómoda!

resistencia-al-cambio

Cientos de páginas web, seminarios, talleres y consejos pagos o gratuitos, nos hablan de la importancia de salir de la Zona de confort para poder evolucionar, el problema está en que eso como teoría es correcto, pero en la práctica tiene un montón de complicaciones, por lo arraigado que está el hábito en nosotros, por la tendencia natural a temerle a lo desconocido y por la ineficacia de su implantación cuando la opción viene de terceros, porque es igual de ineficiente la experiencia ajena, cuando la necesidad de cambiar no nace de nuestro interior!

A esto podemos añadir, como dato interesante, que la resistencia al cambio es de esas cosas que exigimos a los demás, obviando nuestro propio esfuerzo para conseguirlo y Carlos III fue un gran ejemplo de ello:

Un tipo que quiso cambiar el comportamiento de los madrileños, suspendiendo celebraciones antiquísimas y arraigadas, que pretendió meter tijera en los atuendos masculinos, que llegó cambiando ideología, instituciones, sociedad y economía, fue el que para su propia vida, exigía la misma taza para tomar el chocolate, la misma vajilla y cubiertos para comer y en 30 años su sastre sólo le confeccionó 10 trajes sin llegar a variar la talla o el estilo.

Este hombre rutinario, austero, devoto, obediente, con hábitos aburridos y que a los 44 años por viudez, decidió no conocer más mujer (¡ni sexo!), fue el mismo que mutó en torbellino para menear la capital y ponerla patas arriba, aunque fuera con buenas intenciones y mejores resultados…  el hombre exigió a los demás, lo que no fue capaz de establecer en su propia vida: la coherencia en el modelaje y la capacidad para adaptarse a lo novedoso.

No hace falta ahondar en la historia de España para conocer el monumental rechazo que sintieron los súbditos del rey,  manifestado en el famoso “Motín de Esquilache”, revuelta popular que comienza cuando el Ministro de Hacienda, el Marqués de Esquilache, por cuestiones de seguridad prohíbe el uso de las capas largas y los sombreros de ala ancha; tampoco hay que escudriñar en esta historia, para imaginar que detrás de aquel absurdo reclamo, lo que existía era el hastío por tanto cambio y modernización, a la par del descuido de las verdaderas necesidades de los madrileños.

Monsó_Esquilache

Concluyendo, que esta reflexión, con base histórica, se está alargando:

Absolutamente todos los seres humanos cambiamos, pues «lo único constante es el cambio«, pero sólo lo hacemos cuando en nosotros se crea la necesidad de hacerlo…   nadie cambia porque otro se lo pide y si lo hace, no es sostenido en el tiempo!

Aún así, hemos de decir: ¡Gracias Carlos III!, porque aunque el cambio fue «obligado», ese fue el comienzo de la modernización y esplendor de nuestra maravillosa ciudad!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.